No era mi intención, ni lo sigue siendo, hacer de este blog una especie de diario personal, que, por otra parte, a quién le iba a interesar. Sin embargo, excepcionalmente (sí, los mediocres también tenemos derecho a la excepcionalidad aunque la connotación sea de tiempo y no de excelencia) hoy me gustaría contar algo que me ha sucedido esta semana y que guardaré en el famoso anecdotario de “cosas para contar a tus nietos”.
Resulta que el miércoles, andaba por casa con la radio puesta, como suele ser habitual y oí que hacían un concurso en “julia en la onda” sobre cine. Yo no entiendo casi nada de cine, y estaba segura de que no conocería por mí misma la respuesta, pero el conductor de esta sección siempre consigue que aciertes, así que no me lo pensé ni una sola vez (porque si no, no lo hago) y llamé. Sabiendo que no iba a poder hacer el ridículo al no conocer la respuesta, empecé a ponerme nerviosa por otro motivo; hablar con Julia Otero.
Parece una tontería y cuando oímos a gente que sale en los programas de televisión o de la radio decir: “hay que nervios@ estoy” o frases del estilo, se nos dibuja una sonrisa de suficiencia como si nosotros en esa situación fuéramos a hablar con templanza y a impresionar a alguien. Pues en este caso, una vez más, mi reacción fue como la de cualquier persona normal. Me impresionó oír a Julia llamarme por mi nombre y más aún ver cómo se interesaba por mi situación particular y me hacía preguntas sobre mi vida. Confieso que cuando llamé y dije que lo hacía desde París, en el fondo de mí intuía que les iba a sorprender que alguien llamara desde fuera de España y Julia, comprometida y preocupada como está por la situación de los jóvenes exiliados por la crisis, no iba a dejar pasar la oportunidad de darle voz a un testimonio directo. Para que sigan diciendo que lo nuestro es “movilidad geográfica” y que nos vamos porque queremos vivir nuestra aventura.
Al final, la película que gané fue lo que menos ilusión me hizo, que sí, que nunca he ganado ningún concurso y a nadie le amarga un dulce, pero cuando colgué, estaba tan emocionada de haber hablado con ellos durante ¡más de un minuto! que me temblaban las piernas.
Por supuesto, por la noche no me podía dormir, y cuando lo hice, soñé que estaba en un plató de televisión (claro, la radio ya se me quedaba pequeña) y tenía una especie de sección en la que contaba mis historias de mediocridad en clave de humor (¿o se reían de mí?) enlazando un tema con otro y desvariando hasta perder el sentío.
No sé si conozco a alguien menos mitómano que yo, nunca he pedido un autógrafo y a nadie le concedo mi admiración por el mero hecho de ser famoso o conocido, pero reconozco que hablar durante unos instantes con una personalidad como Julia Otero, que además entra en mi casa casi todos los días, ya sea en directo o a través del podcast, me impresionó y me hizo sentir aún más corriente que nunca.